sábado, 17 de marzo de 2012

Bajo mi piel

Detrás de mis ojos, tu imagen
Un espejismo exquisito de memorias dulces
De sanos paisajes que rememoro con sordo ahínco
Con explosivas ganas de perderte atrás de ellos,
Y de rescatarte de las voraces fauces de mi deseo,
De sacarte del ámbito lechoso de mi psiquis masculina,
De extraer tu aroma de mis poros,
Llevar fuera de mí la locura que me ata a tus furtivos cabellos que acarician mis recuerdos.
Quizás no sea tú. Bien la lejanía te ha puesto en mi interior,
Tal vez flotas porque ha sido la distancia quien te sustenta,
Ése mar incontenible de voluntades caprichosas,
Que juega con tu rostro que guardo bajo mis párpados, para alabarlo eternamente,
Y para soñar que aun puedo soñar contigo.

Adentro de mi pecho, tu pecho.
Coraza hermosa aquella, donde guardas la carne de la que jamás seré dueño,
Dónde guardas gemas que danzan en las esperanzadas noches
Batiendo sus alas con el furor sistólico de la pasión
Por otro varón, amo de tus sueños
Otros latidos que oscilan al ritmo de tu nombre
Otros labios suicidas que al nombrarte palidecen hasta fallecer
Otros aires que se abrigan de las caricias que para ti son,
Y que no se corroen con el alcohol de los años.
Aquí resguardo aun las letanías de lo imposible
Los cánticos ciegos de una verdad que nunca dormita,
Y una soledad que me abriga en tu nombre.

Bajo mis mejillas, tus labios.
Fábrica dantesca de inspiración poética,
Captora de atenciones e intenciones masculinas
De instintos hormonales que rompen la sapiencia
Que incitan a la blanda locura de marcar en ellos el calor del alma huyendo por mi boca.
Son ellos carne celestial
Panales paradisíacos
Néctar sólo de catar merecida por las más altas deidades.

Sobre mi hombro, tu rostro.
Excelsa almohada éste, sólo creada para ser mojadas por la miel que llueve de tus ojos,
Rozando la textura dócil de tus sienes calidas de tu llama interior
De la lumbre con que enciendes tu vida
Iluminándote las sendas
Desflorando los males de los pasillos laberínticos
Que mueren al paso de tu mirada sanadora
Y que trae bienaventuranzas con la abrasión suculenta de los que pasa frente a tus ojos
Dejando cada cosa abstraída de sí misma,
Para dedicar su existencia al milagro de sentirse por ti mirado.
En mi hombro, sólo queda el fantasma de tu piel,
El pretérito rugido que como bruna cascada
Se derrama desde los acantilados de mis hombros,
Para vestir de noche azabache el acantilado de tus brazos,
Para sostener su dueña entre con el sustentáculo de mi pecho
Y para añorar ser al menos un lucero en el firmamento nocturno y precioso que es tu cabello.

Sobre mi piel, tu aroma
Un destello químico del amor del que estás compuesta
Sublime aire de hermosa hembra
Sombra perfumada de galantes pétalos y canela
Itinerante vapor que acaricia la piel de mi presencia plebeya
Ante tu monarca brisa que sopla versos de vida.
Es un poema fragante cuyas letras cato cerrando los ojos
Para sentir tu presencia dentro de mi rostro,
Para verte saboreando la aurora sazonada,
Bálsamo de mujer,
Aire femenino,
Que escapa de tus poros que lloran para no dejar escapar de ellos algo de ti.

Y dentro de mi cabeza, tus recuerdos
La imagen extinta de la linda niña,
Que quedó cautiva en las celdas lodosas del tiempo,
Dentro de la inefable sustancia
Con que el viento dispara sus dardos suculentos
Y aprieta tu reflejo
Dentro de mi mente,
Inútil eternamente para olvidarte.


Septiembre de 2005



Yeiko                                                                                              

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