jueves, 7 de julio de 2011

Hola


















Un beso de almíbar, un fragmento de cántico celestial y una mariposa de luz; para él eso era ella. Su andar fantasmal y dulce, jamás macabro, presumía de un aire de suficiencia fantasiosa, él veía en ella toda la pureza, toda la luz, Lo inmaculado y lo divino. Era ella un montón de gracia reunida en algo difícil de asimilar como solo una mujer terrenal; bajo una película de hermosa carne en tono mate, al que algunos conocen como piel; era difícil aceptar que se escondía otra cosa que una hermosa diosa atrapada en la humanidad de una quinceañera.
Pudo él imaginarse surcando los cielos sobre claros nubarrones de algodón de azúcar, verla flotando, entre volando y danzando, sobre la superficie de las charcas más cristalinas. Nada había nada más cerca de la perfección que aquélla mejilla femenina tan cerca de su nariz masculina; nada más sublime que la ayuda generosa de la brisa empujando sus cabellos a la cara del joven hombre enamorado, y una vez que las pieles se tocaban apenas rozando con los transparentes vellos en su rostro angelical, un alud hermoso de aromas emanaba de sus poros femeninos desencadenando un torbellino hormonal dentro de la frágil conciencia del varón cautivado; poco antes de que, al mismo tiempo que dicho encuentro cutáneo y privado (a pesar de las decenas de almas que pudieran estar alrededor en ese momento), él se armaba de valor y pronunciar con el mayor de los esfuerzos, como todo un caballero embistiendo el pecho de los dragones que conformaban su cobardía con una súbita lanza de palabras: “estoy bien, gracias, ¿y tú?”
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Un beso agridulce, un estallido de hormonas derrumbando su cuerpo desde la sangre hacia fuera. Unas manos que exploran las sombras calientes y acarician con rudeza las únicas partes invisibles dignas de besar, o lamer. Ella, la otra, era el veneno vital, un terremoto cárnico, un despliegue de olores y dolores sabrosos, de golpes exquisitos y de ocasiones furtivas de embestidas fálicas contra su pubis atrapado por cualquier muro callejero y nocturno. Ella era la locura, era un animal sensual, una lengua de cualidades lamparoscópicas que perforaba la boca hasta hacer su nido revolcándose en la garganta para depositar allí los más viscerales gemidos. Él era el esclavo de sus deseos hedonísticos, sólo era una figura varonil que calentándose bajo la falda de ella, a la que desplegaba como el telón de las mejores obras teatrales eróticas, hacía las veces de un semental de ocasión. Sus dedos femeniles no dudaban en desprender la hebilla tambalenate de aquél niño grande y sus vibraciones nerviosas, cavaba entre las telas, hundía sus uñas hasta la base misma del báculo y lo oprimía con inexistentes contemplaciones. Él nada más era una marioneta que obedecía a los hilos invisibles de las ferormonas, él era la mesa de su comida y el bufet eran sus hombros quienes llevaban las feroz parte de sus ataques dentales. Su espalda masculina era un mapa donde se trazaban en cada encuentro nuevos caminos, marcando las rutas pasadas por donde anduvieron los orgasmos femeniles. Sólo al sentirse utilizado, alejándose toda vez de una mujer complacida y exhausta, escuchaba de ella, entre respiraciones orates que buscaban la normalidad entre el espacio de cada palabra: “¿cómo estás?”

Los alacranes




















Entre nubes nocturnas y postes que pasaban volando, Pablito despierta para ver cómo corren estos a través de la ventanilla del automóvil. El olor a cuero nocturno y el sollozo preocupado de su madre lo deja todo claro. Sabe muy bien lo que ocurre. Los postes se hacen cada vez más lentos, y son borrados del cielo por las luces del hospital. Le piden que se levante. Anda. Tiene un abrigo más colorido que alegre. Las sillas plásticas son duras. Y el sueño vuelve. “Pablito, despierta, debes ir con tu tía. Ella te cuidará en casa”. Duerme nuevamente. El frío se muere de repente al salir del hospital. “Tú papá está bien, Pablito, no te preocupes… Es sólo una fiebre”. Pablito no terminó de escuchar, se había quedado dormido porque otra vez los postes pasaban rápidamente y el asiento del automóvil resultaba ser una buena cama en las madrugadas cuando su papá iba al hospital.
Cuando despertó era de día. La cama ajena era conocida, la de su prima; seguramente fue a dormir con su tía. Más allá de las cortinas que improvisaban las puertas del lugar, se oía una cacerola atajada por el suelo al suelo, el rumor de la televisión encendida y de los tintineos frecuentes del metal de las cucharas chocando con los tazones de vidrio. “están desayunando” pensó. Pablito aún tenía sueño, así que cerró los ojos, adoptó una posición aún más fetal, se camufló entre las sábanas y metió su mano debajo de la almohada. Hasta que, la sensación de algo que se movía, cuyas patas duras y ásperas como ramillas de rosal, su cuerpo largo, acorazado y segmentado, además de una cola puntiaguda; le hizo retirar la mano al acto. Se levantó de golpe y un alarido de fatal sorpresa escapó de su boca recién despierta para decir a los cuatro vientos “un alacrán tía, un alacrán”. El animal trepó sobre la almohada y amenazaba con su ponzoña a pesar de la distancia. Aún lejos, Pablito se sintió inseguro, como sí en su cabeza estuvieran miles de ellos. Decidió escapar descalzo, pero otro alacrán bajaba a tientas sobre la cortina que separaba la habitación del resto de la casa. “tía, otro alacrán”, era lo único que Pablito podía decir. Dio la vuelta y tres alacranes más estaban sobre su cama. Se armó de valentía y de una toalla que encontró a ras de suelo antes de que otro alacrán se acercara a él. Como pudo, logró apartar al alacrán de la cortina y a las otras decenas que llegaban desde los huecos en las paredes. Corrió por el pasillo sin abandonar los gritos, al contrario, todos sus alaridos se dispararon al unísono cuando, en el suelo de la cocina, un hervidero de alacranes se hacía de los cuerpos de su tía y sus primos en el suelo, y también de la comida sobre los tazones de vidrio.
Toalla en mano, sólo una idea se le venía a la mente. Sobre la cocina, una hornilla aún trabajaba para una olla que nunca logró ser colocada. Se acercó cuanto pudo, y sorteando los alacranes distraídos con los cadáveres, sostuvo un extremo de la toalla quemando la punta contraria, la cual se hizo de la lumbre inmediatamente, como una antorcha flácida. Así que, cuando la flama crecía devorando toda la tela, la arrojó sobre el mantel de la mesa, que compartió el fuego junto a la toalla quemando así los alacranes sobre esa tabla y la comida. Las llamas se abrieron en un círculo amarillo y azul de estelas negras y humeantes, alcanzó el borde de la mesa hasta que lograron llegar al suelo a través de un trozo incandescente que comenzaba a incinerar el resto del lugar. Pablito quedó boquiabierto, contemplando cómo los alacranes no oponían mayor resistencia al fuego. Permanecían en una danza temblorosa y de tenazas abiertas, como clamando ayuda. Todo esto antes de que una punzada intensa, fría y penetrante en su brazo izquierdo, le hiciera perder la calma. Dio un último alarido, y un dolor de cabeza lo derrumbó al suelo en llamas, hasta sentir, mientras dormía, cómo se quemaba.
Pero al abrir los ojos nuevamente, tres rostros se atravesaron en su vista como unas siluetas borrosas todavía. “ya cede la fiebre”, oyó una voz femenina más allá de su alcance; “¿mejorará doctora?”, es la voz inconfundible de su padre; “por su puesto. ¿Han visto alacranes en su casa?”, otra vez la voz de aquélla mujer desconocida; “sí doctora. Hace poco maté uno”, esa la voz de su madre; “eso explica la infección. Se produce en los niños mayormente por contacto de los alimentos con heces de alimañas como el alacrán. Pero se pondrá bien con el antibiótico que le apliqué”

Los perros



La pequeña con los ojos abiertos a más no dar, le pregunta a su padre, el carnicero del barrio -¿Papá, por qué están pegados esos perros?- Era evidente que en la mente de la inocente pequeña la imagen de esas bestias en celo no dejaba de ser para nada curiosa. Recordó que en la misma calle donde estaba la carnicería de su papá, había visto otros perros asumiendo el mismo comportamiento. Aquélla ocasión, la niña estaba aburrida entre la monotonía que representaba ver cómo su padre con senda hachuela separaba los tajos de carne roja, los apartaba y repetía el procedimiento hasta que un gran trozo de roja musculatura de ganado quedaba resumido en unos cuantos pedazos, que se dejaban a la vista de la gente en bandejas de metal a merced de un ruidoso ventilador que mareaba las moscas en el aire sin que estas lograran aterrizar sobre el preciado alimento, bien por la pequeña ventisca que propinaba o por el estruendo de su motor moribundo. -¿Papá, puedo salir a jugar afuera?-, -Vaya mija, pero mucho cuidado, no salga de esta misma calle- aseveró el padre mientras realizaba continuos cortes para ganarse el pan de cada día. Afuera la niña vio a los perros unidos y exponiendo sus temblorosas lenguas, escuchó como alguien comentó –Otra vez estos perros se pegaron- , y presenció a la gente de las casas deshaciéndose de todas las cosas arrojables para intentar apartar a los pobres perros. Los animales sólo con el agua que les aventaron desde una platabanda lograron alejarse lo suficiente para que dicha manifestación del acto sexual perruno no importunara el sosiego colectivo.
El papá al escuchar aquélla pregunta, tragó saliva, le sudaron un poco las manos, y varias veces su boca intentó moverse para ser útil hablando, pero fue en vano, no supo qué decir.
 – Voy al baño, dile a quién entre que se espere un momentico, que es cosa de cinco minutos - , la niña atenta asiente, y el padre entra hasta las últimas sombras de una puerta interior mientras que al negocio hace su entrada, como si estuviera trotando, una perra marrón y pequeña. La chiquilla se agacha y, cuando se disponía sacar al animal por las buenas, otro perro, uno más grande y rápido se abalanza sobre la hembra, y entre el asombro desesperado e ignorante de la niña al escuchar cómo ésta pobrecita chillaba, se apartó y en menos de lo que hubiera recordado vio de cerca el acto que tanta curiosidad le daba: los perros se había pegado. Corrió detrás de enorme mesón donde su papá trabajaba para hacerse con la única arma que conocía entonces. El padre escuchó un chillido espantoso y desgarrador, apuró el paso, temía que su hija estuviera en peligro; pero cuando cruzó el umbral, vio hacia la entrada del establecimiento. Miró a su hija intacta pero con las mejillas mojadas, sus ojos temblorosos y las manchas de sangre en el suelo. Entonces comprendió que debió explicarle aquélla vez a su hija por qué los perros del otro día estaban pegados.

Maldito colector

Maldito colector que grita en tu oído antes de intentar al menos acercarte al autobús para montarte en él. Y sale de su hocico una frase mal pronunciada pero inteligible, casi su voz escapa de sí para tratar colarse dentro de ti, como para hacerte comprender algo que tú sabes no tiene sentido, como para que sientas su desesperación y su hambruna mental, para que te percates de su sed de cerveza dominguera, para que entiendas que debe pasarle a una chamita que hizo mujer y a sus tres hijos (evidentemente no deseados) el dinero que hace cada diez vueltas, para que te des cuenta que le falta el último CD de Diómedes Díaz o Don Omal en su rockola andante con asientos de semicuero viejo y sucio, y que necesita comprarlo para nos ser víctima de la burla por su atraso con respecto a la moda que dentro de su reducido círculo social se establece. Él quiere intentar cubrir un puesto laboral inventado y que a la larga es realmente inútil, al menos que su función real sea la de comprar el aceite de caja o descambiar los billetes en las estaciones de servicio. Este colector te canta apenas entras a la unidad su frase premiada y la que es casi eslogan insigne de su profesión interdiaria, te la dice en el oído, casi escupiéndote la oreja para que te quede claro que debes contribuir para que se fume un cigarro después de cada viaje, para comprar un pañuelo de güini pú para proteger la solapa de su camisa del sudor y de la caspa, para tener bastante billetes de a mil bolívares con los que impresiona a las colegialas de camisa azul y beige a quienes les enseña el fino arte del beso irresponsable e impensado y la ciencia de las tocadas pornos debajo de la falda plisada azul marino. Ellos pronuncian al oído aquellas palabras aterradoras para el reducido bolsillo de los niños escolares y tan arrechante (porque no se me ocurre otro término más propicio) para el estudiante universitario. Él te lo dice antes de subir para sentirse más importante que tú, porque sabe que no estará en peligro intelectual por no lograr llegar a contar una cantidad mayor a cinco estudiantes (que son los que pueden abordar el colectivo). No lo hacen por mantener sus propias vidas, ya que no tienen una como tal, porque ganar el lunes lo que te bebes el martes no es vivir después de todo, sino para sentirse unes semi dioses colgados como homínidos inferiores en sus lianas metálicas aullando los destinos que ya la gente conoce. Él los elige: “tú pagas completo, tú pagas estudiante”, él decide el tiempo de expiración de nuestros documentos personales:” ese calné está vencío”, y como buen cobarde nunca ofrece una respuesta con suficiencia y autonomía: “son cinco estudiantes porque esas son las nolmas” y evade sus responsabilidades de responder a tus inquietudes sobre el derecho que por ley mereces “sí quieres vas pa’la línia a preguntal”. En fin, maldito colector el que te dice “estudiante completo”

sábado, 21 de mayo de 2011

Medio segundo

Sobre las plataformas plateadas treparon los nadadores cuando desde
los altavoces se dio la voz de "a sus puestos". A Rafael un alud de
pensamientos le invadió, recordaba cada brazada compactada en medio
segundo; así como las palabras de su entrenador, el sabor a cloro del
agua, el fondo resbaladizo de la piscina y la textura cuadriculada de
sus paredes interiores. doblegó su rodilla derecha para impulsarse con
esa misma pierna hacia la cima del altiplano artificial, y estando
allí se maravilló, como lo hiciera aquélla primera vez cuando niño,
como si acabara de descubrir un océano transparente y de olas tan
suaves, que a veces lograban reflejar con asombrosa proporción los
árboles más allá de la orilla opuesta. De aquél lado era otro mundo,
al cual había que llegar cuanto antes para hacerse salvo de las
letales agujas del reloj, y lograr frenar cuanto antes los afilados
segundos que desmembraban las esperanzas mientras más se sumaran al
record personal. Pensando en eso, se colocó con calma su gorro de goma
elástica, y le quitó los lentes azules a su frente para que sus ojos,
lazarillos magníficos, se protegieran mientras le conducían a través
del riel oscuro que arrancaba en el fondo y terminaba un poco más acá
de la meta. Entonces, aún de pie, se inclinó hacia delante, lo
suficiente para asir con sus dedos el borde del taco de salida.
Flexionó sus rodillas y prensó cada músculo de cuerpo tan fuerte y
presto como lo pudiera hacer el motor de un carro encendido, listo
para emprender la huida.
Sin perder la posición de arrancada, acercó su mano derecha a la
muñeca contraria, colocando sus dedos tan cerca del botón de su reloj
con cronómetro que las calmadas pulsaciones producía presión a
intervalos con su dedo índice sobre el plástico de su medidor del
tiempo. Oteó por última vez el trozo del reino que Neptuno regaló a
los hombres. Pulsó con fuerza el botón de su reloj de pulsera y sintió
cada parte de su cuerpo moverse. Imaginó viéndose desde fuera de él.
Su alma, de cierta forma, escapó de su cuerpo para observarlo desde su
exterior, y percibir, en menos de medio segundo, de qué manera la
corporeidad de Rafael se extendía, cómo mutaba en tan brevísimo
tiempo. De pronto era un águila en picada lista para destrozar su
presa con sus garras y su vuelo asesino, después se transformó en una
saeta cuyo arquero lanzó gracias a la tensión máxima lograda por la
elongación de la cuerda de su arco. Así pasó de entrar al agua tal
proyectil y continuar como un tritón de los mejores ejércitos del dios
de los mares.
En aquel momento, Rafael miró a los lados y, aunque estaba sumergido
en la noche profunda y en la más pura soledad, recordó tan vivamente
la prueba perdida hacía horas, que podía sentir el agua salpicada por
sus contendores a cada lado de él atrapados por la velocidad y sus
carriles: Podía jurar que lograba ser tocado por el menudo oleaje que
producía el paso de sus compañeros de competencia, escuchaba en
bramido de la multitud cuando sus oídos estaban por debajo del agua,
podía sentir la luz moribunda del sol abrasándole la espalda,
apreciaba la brisa vespertina que le contrariaba cada brazada. No pudo
menos que llorar mientras nadaba. Nadie lo sabría, estaba sólo,
destrozado, alicaído. No escuchar su nombre ni el de su país al
momento de las premiaciones lo hizo ahogarse entre sus penas, que eran
más caudalosas que el contenido de mil piscinas como la de esta noche.
Poco le importaba el trozo de metal ése, con su opulenta cinta y su
fulgor hipnotizante ennobleciendo los cuellos victoriosos. Le dolía
que su esfuerzo no fuera reconocido, que sus sudores aplacados por el
cloro y por el agua tratada no sirvieran de nada en aquélla
oportunidad. Por ello, es que esta noche Rafael no hace otra cosa que
nadar, que seguir buscando la manera de asesinar aquél maldito medio
segundo; una fracción tan insignificante en la historia entera de la
creación que el hombre moderno es incapaz de emular a la perfección,
entre el sonido de dos palmadas, tan brevísimo instante. Meses, años,
siglos: eso no significaba un carajo para él; ningún tiempo le era tan
odiado como ese bizarro medio segundo que invirtió en nadar en lugar
de hacerlo celebrando. Medio segundo es el tiempo suficiente para
esbozar la más sublime de las sonrisas, pero él lo perdió sacrificando
su fuerza vital para alcanzar la meta.
Pero entre lágrimas, patadas y respiraciones, el cuerpo de Rafael
responde ante la aversión al que es sometido. Su masa carnal se siente
dolida y ofendida. Su cuerpo sabe que no es causante por entero de su
turbio éxito, y decide tomar venganza ante tales insultos. De tal
forma que al cuerpo poco le importó las consecuencias que pudieran
tener sus actos sobre la vida misma, y comenzó acalambrando ambas
piernas.
Rafael se detiene abruptamente, lanza un sordo grito al aire nocturno,
y le muestra los dientes apretados a la soledad para demostrar su
dolor. Cierra los ojos e intenta, en la desesperación del acto de
flotar junto al de intervenir en aplacar la incomodísima sensación en
sus piernas entumecidas, evitar hundirse. Pero es inútil. En medio de
la piscina un hombre lesionado y sólo, es un hombre en grave peligro.
Intenta dar brazadas a media máquina mientras que una mano masajea
inútilmente pierna por pierna. Tal acción sólo conduce al inevitable
hundimiento. Es lento, pero el agua hace estragos y sus vías
respiratorias inhalan aire y líquidos en abundancia. Cada intento de
salir a flote implica irse abajo seguidamente y cada vez a mayor
profundidad. El interior de la piscina vista desde los ojos de Rafael
en ese desesperado instante, es el fondo de un acuático abismo: el
horizonte se confunde con el nivel del agua, y sus ojos deben buscar
el borde más cercano a él. La ausencia de las carrileras, quitadas
justo después de la competencia, agrava más la situación. Cada intento
de pedalear en el agua no tiene sentido, se crispan las piernas como
sí dentro de ellas las fibras de los músculos estuvieran siendo
estiradas hasta el desprendimiento. Su boca es inservible para
respirar, ni mucho menos para intentar pedir socorro a gritos. Está
desorientado y cansado de remar sin llegar a ningún lado. Su norte
desaparece a cada hundida, y su ceno nasal arde de tanta agua clorada.
Su pecho le duele por no inflarse más. Su garganta intentar tragar
cada partícula del aire atrapado en su boca. Sus ojos ya no juzgan
distancias más allá que las burbujas y el agua chapoteada. Un
gigantesco dolor le tranca la garganta mientras que un sueño incómodo
le invade… de pronto, el borde de la piscina se acerca a él. Rafael se
hunde y lo mira nuevamente, estira su brazo, ve su propia mano, se va
abajo. Como reflejo voluntario decide esperar tocar el fondo para
impulsarse. Ya allí espera un poco más para intentar subir más rápido,
pero el camino arriba se hace lento e insoportable. El corazón late
más fuerte y descontrolado que nunca. Estira nuevamente su brazo tanto
como su hombro lo permite. Los dedos de su mano apenas rozan en un
instante el borde de la piscina; el mismo que pudo haber alcanzado
medio segundo antes de hundirse finalmente.

sábado, 26 de febrero de 2011

50 regalos que San Nicolás no te traerá esta navidad

  1. Piñata con forma de maletín para niños empresarios venezolanos y argentinos
  2. Billeteras con efecto sonoro de desgarradores gritos de dolor para expresar la sensación de sacar dinero para pagar
  3. Un microscopio con audífonos para escuchar las conversaciones de las amebas
  4. Teleférico inalámbrico para aventureros extremos
  5. Postes del cableado eléctrico inclinados para toda la ciudad de Pisa en Italia
  6. Servilletero con servilletas antiadherentes que sólo saca una, y solo una, servilleta a la vez.
  7. Discman sin tapa para DJ's que practican en la calle.
  8. Llaves gigantes para que no se pierdan.
  9. Toboganes gigantes en las barriadas caraqueñas como alternativa de transporte urbano ecológico para que la gente llegue temprano al trabajo.
  10. La china o resortera gigante para devolver la gente a las barridas caraqueñas
  11. Cooperativa de Ferris sobre el Guaire
  12. Cerveza polvo, en prácticos sobres en dos presentaciones: Tipo Pilsen y Ligera.
  13. Cachapesa, una exquisita combinación dos cachapas rellenas con el típico contenido de una hamburguesa; y la Hamburchapa como un delicioso plato que combina dos panes de hamburguesa relleno con sólo jamón y queso de mano.
  14. Empanadas de queso con el relleno por fuera.
  15. Arepa de dos pisos.
  16. Carretilla con cabina con aire acondicionado para repartidores acalorados.
  17. Navajas Suizas con línea telefónica, como los primeros celulares realmente útiles.
  18. El Dobladorón, un aparato exótico ingeniado para instalarlo al final de las calles y doblar más las esquinas.
  19. Torneos afederados de Esgrima con chuzos en los internados judiciales.
  20. Jardines Botánicos con sensuales guías en traje de baño para hacerlos realmente divertidos.
  21. El Prosti-Ticket, un bono mensual que se le dará al obrero de hoy para que lo intercambie por los servicios que su meretriz de confianza le pueda ofrecer.
  22. El Miraquesiduele 3000, un ingenioso artificio que se inserta en la cavidad bucal del dentista que nos trata, para que corrobore en carne propia las incomodidades del tratamiento invasivo.
  23. "Control re-remoto", un artilugio desarrollado por una prestigiosa empresa japonesa que consiste en un control remoto que activa un mecanismo de alarma sónica y vibrátil en el otro control remoto que se nos perdió.
  24. El "Penthouse", un plato similar al "Clubhouse" que nos sirven en las loncherías, que en lugar de pan lleva catalina, y lleva morcilla en vez del relleno.
  25. Un calendario para mascotas, donde estén las gaticas, las loras, las perritas, las chivas, las gallinas, las iguanas, las escorpionas, las chigüiras, las periquitas, las rabipeladas y las hamsters más sensuales del año. Sin ropa, claro.
  26. Celular que funcione a cuerda.
  27. Cursos y talleres de supervivencia al aire libre y en ambientes hostiles, dictados por Invasores de terrenos privados y municipales.
  28. Cierre o cremallera vegetariana, para que no se coma la carne del %&"$* después que orinamos.
  29. Primer Antidiarreico Lumínico, para los conductores que se comen la luz.
  30. Monedas cuadradas para que no salgan rodando hasta las alcantarillas, ideal para la gente que contaba con ése dinerito.
  31. Zapatos imantados para conseguirse más monedas en la calle.
  32. Primer Bar para abstemios, ideal para evangélicos despechados.
  33. Rockolas con Pendrives, para tocar boleros en las taguaras en mp3.
  34. Lecciones de chino para niños desobedientes. Por si acaso no entienden.
  35. Portarretratos con olores, para recordar las fragancias de aquellas personas íntimas.
  36. Chinchorro litera. Ideal para provincianos que le agrada lo tradicional en espacios reducidos.
  37. Caja registradora que venga programada para machucarle bien duro los dedos al comerciante si este nos saca mal la cuenta. Sí es a su favor, claro.
  38. Primer Laxante Vectorial para los conductores que viven comiéndose las flecha.
  39. Torres Gemelas Óctuples, para ver si los terroristas son capaces de secuestrar ocho aviones a la vez.
  40. Misión Espacial Arepa 2021, un programa científico destinado a llevar una astronave a la luna con puros invasores venezolanos para comprobar la tesis de que pueden hacer casas en cualquier terreno.
  41. Maratón de béisbol, los 7 juegos de la serie final de una sola vez, en unos muy apasionantes 63 innings seguidos.
  42. El anhelado celular rasuradora Sony Gillete K200i.
  43. Piropómetro, un aparato que estima la vulgaridad, la originalidad, la pasión o picardía de los piropos antes y al momento de decirlos.
  44. Puentes peatonales para que los peatones sí podamos pasar por la zona del rayado a pesar de que los carros frenen justo sobre éste obstaculizando el paso.
  45. Andatepalcajaronina, el nuevo y más efectivo antídoto en caso de mordeduras de las cuaimas.
  46. Cartón de huevos, pero de avestruz.
  47. Extreme Aventure Tours, agencia innovadora que presta servicio a turistas extranjeros realmente aventureros. Con su promoción de fin de año "Una aventura como para morirse" presentan tres paquetes turísticos: Chapellín - las Lomas - Sarría - Lídice; El Valle - Cementerio – Petare – Manicomio; y Petare – Los Magallanes de Catia – Casalta III – San Agustín de Sur. Todos con tres días y cuatro noches, no incluye impuestos y peajes especiales comunitarios; y 30% de descuento en Metrocable.
  48. Polo acuático fluvial para divertirnos viendo a los jugadores nadar por la pelota río abajo a riesgo de que los caimanes se la coman.
  49. Mc Pinchos, la alternativa criolla en comida rápida en los estadios. Llega al mercado con dos promociones punzantes: Mc Pincho de Luxe, que viene con Bollito de Harina Pan integral, Lomito de ganado Japonés, Chorizo Español y queso de cabra alpina; y el Mc Pincho Feliz para el chamo. Este último trae bollito dulce, pollo deshuesado, morcillita de ajo y queso de mano. Ambos con sus yucas y la respectiva fría tamaño regular.
  50. Cédulas y partidas de nacimiento para mascotas.