sábado, 26 de febrero de 2011

Ya casi nadie mira los ojos

En esta ciudad casi nadie se mira a los ojos, pareciese que se les hubiera infundado el temor desde muy pequeños hacia las llamados ventanas del alma. Centenas de veces he tropezado, a menudo accidentalmente, con personas para dar fe de esta vaga teoría, y como resultado, observo que ninguna persona posa sobre mis ojos sus ojos…tal vez mis ojos den miedo, o quizás, lo que sea peor, reflejen todo el físico del observador, y éste no quiera que sean mis ojos reflectantes de su imagen vacía. Voy por la calle mirando a la gente, cómo se comportan, qué miran, cómo caminan, qué patrones siguen al andar, qué persiguen con su marcha, y la verdad, todo me resulta aprehensible, menos el hecho de contestarme todo el enigma principal: ¿por qué la gente ya no se mira a los ojos en esta ciudad?
Quizás perdieron sus ojos (los de verdad, no los que vemos por fuera) y ya no quieran ver más con ellos, sólo ven precios, colores textiles, números telefónicos, y mensajes de texto, y que por lo tanto, cosas más sublimes y reales como la luna atravesada por la niebla, la montañosa lejanía, el firmamento estrellado y los ojos de las personas, ya perdieron para ellos su valor para verlos…
Entiendo que nada inmediato y material devienen del hecho de que se mire alguna de estas cosas anteriormente mencionadas, y comprendo que tal vez, de no encontrarle beneficio inmediato, simplemente tal valor ineludiblemente decrece. Tal vez, pudieran afirmar que son vistos con más frecuencia de la que soy víctima cuando recurro a ondear mis cabellos despeinados por las calles del centro de esta ciudad, puede que sea cierto, puede que la impresión personal sea distinta, pero a mi percepción, a menudo cuando en las pocas ocasiones se mira a los ojos, se quiere medir cuán atento está tú prójimo de la existencia material ajena…cuando por la calle la gente se mira a los ojos, en sus contadísimas veces, lo hace para saber si las están mirando, sin importar que sea a los ojos.
¿Entonces cuál es el problema?, el problema es que casi nadie mira a los ojos ajenos, sin ver sólo el color, sin ver solamente la dirección hacia los que apuntan, o para ver cómo luce la carne alrededor de ellos. Mil veces he escuchado que los ojos son las ventanas del alma, y me asusta la idea que a nadie le importe nuestras almas, que a nadie le importe conocernos mirando a través de los glóbulos oculares, atravesar su materia, y lograr catar algo, por más insignificante que fuera, de la esencia que nos compone. Temo creer que nadie disfruta escudriñar los secretos guardados bajo la piel, ni lo que se haya dentro de esta casa que a través de las ventanas nadie quiere conocer.
Hace mucho tiempo, cuando niño, recuerdo a otros que como yo, se miraban a los ojos cuando hablaban, cuando se decían las cosas en la cara, y mis padres siempre me miraban a los ojos cuando me decían algo importante, porque sentía que no le hablaba al cuerpo sino a mí, al que está aquí dentro, al que los veía a través de las claraboyas de mi cara. También hasta poco pasada la pubertad recuerdo a mis contemporáneas haciendo lo mismo, más allá del caudal de hormonas casi controlable, se escapaban miradas tan profundas, como cuchillos de luz, que sentía apuñaleaban la carne de mis ojos, los atravesaba, y me sentía indefenso, descubierto y desprotegido de los ojos deliciosamente feroces de un rostro que, estando tan cerca de mi, no podía soportar la tentación de un beso adolescente.
Ahora, no ocurre igual ni en la misma proporción, quién antes te miraba, tan sólo te ve para no tropezar contigo o para saber si haz percatado su presencia. No miento. Estimen a su paso por las sendas citadinas, y corroboren si todo lo que digo son sandeces sin importancia, y que toda mi preocupación no son más que lunáticas estupideces. Yo no lo creo así, creo firmemente que todos poseemos un yo real que no es aquel ser humano que notas al espejo cada mañana, sino un ser casi imperceptible que habita cómodamente dentro de eso que vez, y que lucha a diario por ver a otros como él, que sean casi imperceptibles cómo él, otro que se halle viviendo dentro en otro saco de carne y huesos, y que logre mirar, para así no sentirse tan solo, como te sientes tú.

Tres formas de morir

Una
Tal vez por suerte o por saber cómo bajar velozmente de una mata de mango sin desnucarse en el intento, Ricardito, un pequeño zambo del siglo XVIII, tampoco logrado punzar, morder o lastimar por fiera alguna más que por los arañazos que de vez en vez Celina, su gata, le propinaba cuando jugaban. Razones por la que Ricardito no demostraba el más mínimo temor a la hora de enfrentar el reino animal, o vegetal, y trepar cuanto árbol le apeteciera para desmontar un nido de cristofués o agarrar alguna iguana. Una mañana, tras hacerse poco a poco a las proximidades del panal enorme que colgaba de una rama de un enorme samán, donde cuyos rudos pies la arena fría crecía entre las hojas del suelo como minúsculas torres de un imperio de hormigas pequeñas y negras. Sólo le bastó extender el brazo para tocar el panal e intentar mecerlo, y luego le dio otro toque mucho más fuerte para tumbarlo por completo. En tan arriesgada acción, el chico no pudo más que perder el equilibrio, hacer intentos torpes por mantenerse asido a la rama, y no lograr más que resbalar el pié con que ayudaba a despegar su cuerpo un poco más de la lejanía del suelo. El viaje hacia abajo sólo concluyó cuando su cabeza fue atajada por una de las casi pétreas raíces de aquélla imponente mata de mango, mientras que su espalda era arponeada por una piedra alta, rota y filosa que pudo penetrar, cuando poco, cuatro dedos debajo de la carne. Las abejas lograban salir de su palacio de cera y celulosa, que quedó atrapado bajo la corporeidad del niño, aguijoneando al atacante inerte, quien tendido en el suelo, aún vivo e inmóvil, sentía cómo éstas junto a las hormigas, invadían cada parte de su ser con mordidas salvajes y dolorosas, sin poder siquiera gritar ni agitar sus brazos tras la desesperación de sentir cada agujón y cada mandíbula minúscula clavándose en su carne, al tiempo que su garganta se cerraba, para siempre, a causa de la intoxicación.
Dos
A Doménico, al mismo que en un par de ocasiones había intentado quitarse la vida, le estaba costando llenarse de al menos de algo de gratitud y despejar cuanto rencor guardaba a quien desde hacía años, además de ser la causa muda de su aversión hacia la vida, era la responsable de romper su boleto directo hacia el otro mundo, en ambas oportunidades. Y esto, en lugar de lograr sentirse más condolido hacia sí mismo y abandonar sus tensiones iracundas, le propinaba más deseos y voluntad para planear su último acto ante la vida. Me suicidaré. Adiós, infame dejó escrito con una caligrafía huidiza y desesperada, sobre un periódico, exactamente en un artículo sobre puentes antiguos. Ella comprendió. Allí estaba él, solo y a medianoche, con su tira de sábanas en uno de sus extremos atada al cuello, listo, a juzgar por la posición que asumía al borde del puente, a acercarse lo más rápido posible a las duras piedras de la lejana orilla de un río delgado e intermitente. Tan alto se elevaba aquél puente de mediado del siglo XX que no bastaba con respirar tres veces para observar cómo una piedra en caída libre tocaba el fondo pedregoso. Y el mismo destino de las piedras que lanzaba recurrentemente Doménico era el que él deseaba tener. ¿Qué haces? Gritó su esposa al atraparlo en fragancia, a lo que obtuvo por respuesta un Déjame, zorra mentirosa entre loco y feliz: Aléjate de mí. Lucía su cónyuge retada y no obedeció. Se aproximó lo suficiente clamando desistiera Donénico de su insana idea, y éste, aprovechó para enlazar el cuello de su mujer con un aro de tela con el otro extremo de la soga de sábanas que preparó antes de que ella llegara, y que mantuvo oculto, hasta ese momento. Apretó halando hacia él mientras se lanzaba al vacío con su porción de lazo en la garganta. Aún vivía. Lucía fue atrapada por el peso de Doménico unos cinco metros debajo del puente, luchando por zafarse de tan asfixiante trampa. Y cuando ya había desmayado, mientras sus cervicales comenzaron a tronar bajo la piel, los dos cuerpos fueron atraídos por aquél fondo, aún vivos.
Tres
Los motores de una imprenta tiene un sonido que pudiera pasar por un estruendo constante una vez encendida, mas, conforme su funcionamiento se ha ido prolongando, aquello pasa a ser un rumor eléctrico y residual, que se logra soportar cuando los años de costumbre hacen sordo al operador, o cuando comienzas a hacer de eso una especie de música mecánica, como para entretenerse o tranquilizarse. Lo mismo ocurre con el movimiento cíclico del río de papel industrial siendo arriado a través de todas las correas transportadoras de la imprenta. Todo un espectáculo. Es una sensación visual que se pudiera asemejar al mirar desde un largo rato desde un puente a una autopista veloz y de carros ininterrumpidos, salvo que ésta en particular los carros son todos blancos, idénticos y con letras negras.
José estaba tan habituado que la cercanía a la maquinaria aludida no le provocaba la menor exaltación, hasta que, tras intentar hacerse de pié desde su silla de guardia nocturna, resbaló de tal forma que su pecho fue a parar encima de la vía de fugaces titulares. Fue arrastrado al instante por el alud de tabloides del día, entre palabrotas y fotografías. Manchado. Y cuando creyó haberse zafado quedó enganchado a una de las correas transportadoras, que lo llevaba halaba inclementemente hasta impactar contra un enorme armatoste de tubos que sostenía un segundo tramo de la imprenta, el mismo que con su fuerza maquinal, con la avalancha de papel que lo empujaba hacia dentro del montón de rodillos gigantescos y aunado a la desesperación de liberarse, sólo pudo dejar que lo inevitable sucediera. El brazo se le desprendió entre gritos y periódicos salpicados de sangre, perdió el control de la postura con que intentaba hacerse libre de la rotativa asesina, desequilibró su posición y una vertiginosa montaña de diarios lo llevó dentro de la máquina, la misma que sólo pudo, entre alaridos, llanto y trituraciones sucesivas, imprimir en rojo seiscientos treinta y siete ejemplares.

Soy Invisible

Cuando niño jugaba a que tenía el don de la invisibilidad, y lo creía cierto como tal hasta donde mi imaginación me lo permitía. En la noche, mientras en mi mundo infantil me sumergía, logaba cerrar profusamente los ojos, cubrirme con cualquier sabana con presuntas características mágicas y permanecía inmóvil para pasar inadvertido ante los ojos de mis padres y de mi hermana, sentía un placer sencillo al ocultarme del mundo y sentirme liberado de los grilletes inmateriales que resultaban ser las miradas ajenas. Ser libre para mí ha estado relacionado a una sensación de invisibilidad, o lo que pudiera sonar más lógico y para explicarme mejor: no ser visto. Asumía, entre risas o enojos, que la duración del efecto de aquél manto especial con que cubría mi físico no era eterno, y que como prueba de ello se encontraba el hecho de que siempre conseguían verme, y mi invisibilidad se iba al caño. Fue por aquélla época en la que comencé a desear tres deseos: poder volar (que sólo ocurría dentro de mi mente), ser inmortal (que no es lo mismo que ser eterno) y por último, ser invisible. Lograba establecer con ellos tres mi concepto utópico de la libertad, con los que rompería mi atadura a caer, a morir y a ser encontrado.
Pero crecí, y me convenzo cada día que la vida sí los cumplió pero a su caprichosa manera, pues nunca reparé, cuando pequeño, en establecer claramente el alcance de mis peticiones y la misma vida se tomó la atribución de condicionar cada deseo. "¿quieres volar? – imagino debió decirme la vida en algún momento (y que yo no escuché) – salta cuan alto puedas; ¿quieres ser inmortal?, cada día vivirás una vida por sí sola, y tu capacidad temporal de inmortalizarte la notarás al despertar cada mañana hasta que se te oxide tu don y debas morir, también serás inmortalizados a través de la sangre de tu descendencia (si llegases a procrear), y mientras más cosas compartas de ti a los demás, y ellos a los hijos de sus hijos hasta que el olvido te extermine; ¿quieres ser invisible? ¡concedido!, las mujeres que te deberán amar y que deberás amar en la vida, jamás podrán encontrarte" ahora detesto ser invisible.

Quiero ser

Quiero ser la puerta que se abre, ser la vista que se arroja hasta la cama, las sábanas que cubren las piernas femeninas y avergonzadas, el brinco que separa al amante de la esposa en fragancia, las sábanas cómplices que arropan el lecho de amor adúltero, el cuchillo que escapa de la chaqueta del esposo, el grito de la adúltera frente al filo brillantes y metálico, las manos agitándose del amante desnudo y aterrado, los pies que caminan en reversa y que no logran llevar más allá el cuerpo sin que quede atrapado por las paredes, la palabra no de la mujer al notar lo que el esposo pretende, los ojos húmedos y temblorosos del amante sentenciado a pagar, el pecho que deja entrar por entero la hoja del cuchillo, la piel perforada, la sangre que nunca tarda en salir, el suelo que ataja el cuerpo ya sin vida, la sombra que se ensancha al girar la humanidad del esposo que clama finiquitar con su venganza, el primer paso hacia la cama donde aguarda la esposa, las arrugas de unas sábanas que el movimiento de los brazos y piernas produjo, la luz que desaparece cuando la lámpara de noche es llevada al suelo, la alfombra que atrapa las cosas que se caen, los ojos abiertos y neutrales de un hombre despojado de toda ropa y desangrado más allá del cuchillo, la lágrima que cae por la mejilla izquierda, el pezón que se descubre, la sábana que se cae también de la cama, el segundo paso hacia la esposa adultera, la cantidad de aire que respira la mujer por minuto, el pantalón que es apretado entre la rodilla de vengador y la cama, el hombro que hace levantar el brazo, los dedos que aprietan el mango, las sierras del arma que destajan la yugular, el cabello castaño que se tiñe de rojo, el orificio que se abre en el cuello de la pecadora, los dedos moribundos que intentan taparlo, el temblor de los labios que no logran hacer sonar palabras, la saliva que en pocas cantidades sale de la boca del asesino complacido, la presión que ejerce cada zapato en la alfombra, el rincón que se agranda cuando se va acercando, la pantalla del televisor que casi estalla al llegar al suelo, el pie que se coloca encima para inmovilizarlo, el sonido del plástico del enchufe desconectándose del tomacorriente, lo largo del cable que es arrancado del aparato eléctrico, el movimiento pendular de la improvisada soga al ser movida por el caminar del hombre, el ventilador que permanece inmóvil, la silla que llegó ayudada hasta debajo de él, el sonido de las articulación que cruje al flexionar la pierna para levantarla, el cuero que se desinfla por el peso de un hombre de pie, el nudo que asegura un extremo del cable en el centro del ventilador, las luces que por la ventana se entrometen en la habitación desde la calle, el cuello enlazado, la curva que describe un punto del espaldar de la silla al ser pateado hasta que llega al suelo, la distancia entre la alfombra y los pies danzarines, la oscilación típica de los cuerpos que cuelgan, el aire que ya no hincha los pulmones, la sangre obstruida en el cuello, las pestañas que se unen y desunen, los ojos que no saben dónde mirar, las manos que se abren y se cierran intermitentemente, la carne sobre el esternón que es apretada por el mentón, la cabeza que se desmaya, el silencio más acá de los oídos y el corazón que se detiene. Quiero ser la paz que trae la muerte cuando apaga las culpas.

El sexto batazo

¿Crees que te he olvidado, bastardo? Pues ya vez que no. Aún deseo, como desde el día en que te metiste conmigo y con mi familia, partirte los putos dientes que marginan tu boca malhablada con el batazo más grande que ser humano alguno (en su juicio o no) le halla propinado a una escoria como tú, pues ni siquiera ser humano eres, grandísimo mal nacido. Por las noches se me ahogan los ásperos recuerdos que tienen tu ebria imagen apedreando las ventanas de nuestra felicidad. Aún mis soliloquios son asaltados por las remembranzas de tu bestialidad, de tus abyectos aires de chico malo, de tus mejillas peludas y marcadas de las cicatrices de tu pasado incierto, de tus sucios relinchos, los que sí fueras gente, llamaría palabras. ¿Pero qué palabras puede salir de una carne podrida como tú, sino las que aprendiste jugando al vago en la misma calle que amamantó tu ruin existencia?
Anhelo escupirte los ojos que no merecen llenarse de lo hermoso de la vida, y sueño poder destrozar tus rótulos con el segundo y el tercer batazo con tanto odio, que el holocausto nazi parecerá un dulce picnic. No tendré el menor resentimiento porque no seré castigado más que la ley de los hombres de llegar a herirte, grandísimo parásito, pues de las leyes divinas estás exento, "amarás a tus semejantes como a ti mismo" es la moraleja de la Biblia, pero tú, proxeneta de su propia madre, no te me asemejas en lo más mínimo. No me llegas ni a las uñas de los pies. Tú no me inspiras lástima, sino asco y un sentimiento de venganza que nada, ¿leíste bien?: NADA podrá quitármelo de encima, hasta ver mi victoriosa revancha consumada. Estaremos tablas, tú me creaste este jodido trauma que no permite hacerme de mi añorada felicidad y regocijo espiritual; y yo te habré dejado, muy gustosamente, cautivo en una silla de ruedas.
¿Por qué no matarte?, te preguntarás, porque no soy ningún asesino como tú podrías serlo y porque deseo que todo el dolor, el eterno remordimiento y la redención denegada, sean castigos para ti tan fuertes, que rogarás morir para aplacar tu magno sufrimiento. Tus manos no serán las mismas después del dantesco golpe que les daré a cada una con mi bate de aluminio, hasta dejarlas deformes y ensangrentadas, tan inútiles como lo eres para tu familia (a la que no mereces).
¡Maldito, maldito seas mil veces!, que por arte de magia venga un rayo cósmico fulmine tu cordura y te envenene con el karma de todo el mal que me hiciste, hasta que se te pulvericen los ojos, incapaces entonces para ver. Que me pidas mil veces perdón para mil y una negártelo, para que te asfixies poco a poco hasta el día en que la calma y la nada te aparten de mi vista, extinguiéndote, mientras que recuerdas cuán doloroso fue aquél batazo en plenas cervicales.
p.d. lo mismo para tu hermano y tu cuñado.

Las colas

El concepto de sociedad contemporánea es inadmisible si no está aunado a ella el asunto de la cola. Aquélla faena plural en la que depositamos nuestro tiempo y esfuerzo con el objetivo inequívoco de sacarle algún provecho al entorno donde habitamos, y demás está dejar en claro que me refiero al de tipo humano. No te rías, es en serio, el punto es que la realidad de la cola en nuestro universo civil es de infinita preocupación. ¿Qué fuese del mundo sin ella?, quizás uno mejor, o un planeta en el que la gente sabe exactamente en qué momento ir a hacer lo que quiere o debe, sin el martirio de que otras piensen hacerlo al mismo tiempo. Eso es una cola, un montón de gente que desea desocuparse lo antes posible de estar haciendo lo que hace, y que odia hacerlo. ¿Conoces a alguien que le guste?, yo no. Tal vez le gusten a las personas que busca formarlas. Las culpables sin dudas, y mis primeras acusadas son aquéllas viejas que le dicen a los pequeños en una fiesta "hagan una cola – a plena voz, señal indudable de su voluntad de establecer un estado de crisis y de tiempo perdido para los pequeños comensales – acá las hembras y allá los varones". El asunto de la cola, de acuerdo a factores diversos las he querido clasificar, valiéndome de lo anteriormente planteado para no aguarles el interés de la lectura (de tenerlo, claro)
Clasificación de relativas de las colas, en un día cotidiano.
Despertaste y encontraste al momento de ir a practicar tu rutina de aseo personal matutino el baño ocupado, pero al ser desocupado, otra persona, miembro de tu familia te dice "haz tu cola, nosotros llegamos más temprano", volteas y notas al abuelito, la abuela, la tía que vino de vacaciones y que se extendieron dos años, tres primos prepubertos, tus padres, novio tu hermana y su novio, cada uno con su toalla, cepillos de dientes, vasito odontológico y demás enceres higiénicos. "bueno, ¿quién sigue?" declamas a tus familiares. Y sale una voz femenina y natural que dice "yo", y es cuando notas que tu hermana entra a baño con toalla, pantaleta de repuesto, seis potes de champúes, acondicionadores y otros frascos plásticos multicolores con ochenta vitaminas y esencia de aguacate y coco. Esa es una cola del tipo familiar o mejor dicho: del tipo Discontinuo con propósito higiénico.
Cuando te diriges a tomar el autobús de cada mañana, presencias en los límites de una acera unas treinta personas una al lado de la otra (otras que se la dan de vivas están sentadas al frente), es cuando notas otro tipo de cola, al que denomino De pie, Continua con Propósito de Transporte. Este tipo de cola tiene la característica que puede hacerse mientras un conocido la haga por ti, por ejemplo lo que tu mamá te hacía cuando salías con ella al mercado, "quédate acá haciendo la cola, que estoy cansada". Esa es la cola de tipo Sentada, Discontinua con propósito de transporte.
A medio camino, un accidente aparatoso retrasa considerablemente el flujo vehicular y se forma lo que conocemos como tranca. Una tranca es una cola del tipo Sentada (O Mixta en los peores casos) Con Propósito De Transporte De Causa Accidental.
Llamo Continuas a aquél tipo de cola que precisa de un orden lógico y físico expresada en una persona (o varias, según sea el caso) detrás de otras. Las Discontinuas son aquéllas cuyo orden lógico no supone un orden físico. Por ejemplo, cuando llegas al banco, encuentras dos tipos inmediatos de cola, una que ya conocimos en la parada de autobús, y que reconoces al hacer la pequeña cola hasta la máquina dispensadora de tickets, tomas el 065. Estas son del tipo De pie Discontinua Con Propósito Comercial De Cancelación o Cobro Alfanumérica.
Una vez, terminada la cola del banco, pasa a cancelar la luz, donde ejerces la cola del tipo De Pie Continua Con Propósito Comercial De Cancelación. De allí, al comedor de tu universidad, donde presencias un tipo de cola muy curioso. Las llamo las colas multifaséticas, por lo difícil que resulta diferenciarla o clasificarla. Cuando haces acto de presencia, observas a primera vista, una del tipo Mixta Continua Con Propósito alimentario, pero al pasar unos minutos, observas que la Continuidad se reconcepta, cuando además de personas, bolsos, carpetas y libretas pasan a compartir la continuidad, y sus dueños se alejan de cola, por causas ambientales diversas. Pasan a ser continuas y discontinuas a la vez, y evolucionan en alfanuméricas cuando un encargado pasa a la repartición de los tickets, que son los cupos prefijados de comensales en la jornada. Es en ese momento cuando la cola forma una especia de propiedad de extensión, y la cola, menos que mantenerse, se expande curiosamente.
Acá no terminan las colas. Todo cuanto nos rodea pertenece a una idea de orden enfermiza y malintencionada. Hospitales, consultorios odontológicos, farmacias, escuelas, carnicerías, supermercados, heladeros, cementerios, cybercafés, milicia y hasta las prisiones están salpicados de las aguas amargas de las colas. Tal vez se trate de una manifestación divina (de muy mal chiste, claro) para encontrar algún mensaje oculta en las espaldas de los que llegaron antes de nosotros, o tal vez es una conspiración de todos los gobiernos del mundo por enumerarnos, y sí estamos ordenados uno detrás del otro es mucho más fácil. La verdad, he intentado esclarecer el orígen de este flagelo que nos asota muchísimo antes de que la maestra dijera "hagan la formación".

La Noche Eterna

Persistes con cruel ritmo, lento y amenazante, como un maldito cuentagotas de minutos que quiere no acabar,
Eres eso,
Un universo detenido, el que nada pasa.
Eres eso,
Un manojo de claveles sobre lo que es ya mi sepulcro.
¿por qué no detenerte?
Detente y mira lo que haz hecho,
andas agonizante sin lograr despertar al alba,
sin acercarla, sin hacerla llegar,
sin lograr que venga y que no me deje más pensar,
pues, quiero ser salvo de esta tormenta de imágenes, torbellino de ideas, collage de falsos mundos, recuerdos inútiles que nunca existieron
y palabras sensibles que jamás se oirán.

Insistes en no aparecer otra noche, sino hoy,
Atravesándote en lo que quedó de alma, solo su nombre.
Insistes en no querer hacer amanecer en mi mundo.
¿son los astros nocturnos consejeros?
¿ o será el éter en que lo atrapas?
¿ o es que ellos duermen para ser yo su velador esta fusca noche?
No lo creo,
Porque ando en vigilia roja por causa tuya,
Es por tu culpa que dibujo formas extrañas que juegan a ser palabras,
Que son interminables,
Inconclusas,
Inmutables.
Son perfectas para quedarse y para dejar que me deje sin más,
Para que mi cuerpo mutilado sangre lo que en años no sangraba,
y tú no te vas.
Aun no haces aparecer en la pétrea bóveda de la noche los naranjas del nuevo día,
Son tantas cosas, noche,
Son tus momentos corruptibles, antes, son tus largos brazos insomnes, ahora,
Son tus amargos espasmos, mañana
Y serán por siempre los oscuros desvanes donde se apilan las cajas con recuerdos de lo que fue ella.

¿por qué no pares un nuevo sol?
Un mundo distinto,
Una llamarada de nuevo orden,
unos cántaros de aguas de cambio,
millones de estrellas para mirar otros días,
porque ninguna de ellas quiero ya mirar hoy.
(me ahogan, se colman, se mezclan con las lagrimas que aun no salen de mis ojos),
¡malditas luciérnagas que no me dejan dormir!
Maldita tú que tampoco lo haces.
Imploro que me dejes soñar,
Que me dejes soñar,
Ir,
Andar nuevas sendas,
O descansar de los días rancios últimos
Y despertar en las nuevas fechas para existir feliz,
Y con indecible vida me dejes vivirlas.

Persistes en no cerrar mis ojos para navegar sueño adentro,
Para que me envenene del néctar de l que fue su presencia
si, la d ella que ya no está-
pero tú no me dejas escapar, me atas con burdos grilletes de pensamientos informes.
¡ no quiero!
No quiero mas pensar,
Ni sentir, ni escribir,
Quiero dormir para jamás despertar,
Quiero arrancarme con una daga lo que me queda de espíritu,
Quitarme la lengua para no balbucear más su nombre
Y también mis ojos, que miran lejos al oírla nombrarla,
Quiero ahogarme en un sueño eterno, placido, tórrido,
Quiero despedazarme y no hacer más con mis partes tu letanía:
Que mis brazos ya no rueguen por ella,
Que mis labios ya no rueguen por ella,
Ni mi corazón, ni mis ojos, ni mis cabellos, ni mi piel,
Ni que mi alma rueguen por ella.

Insistes en no dejar salir a los matices dorados de la pronta jornada,
¡qué haces?, ¿dónde escondes el amanecer para que no lo vea?
¿lo disfrázate de noche eterna, para no ser visto?
¿o lo teñiste de índigo para que las luces enmudezcan ante él?
Para que ella sueñe, para que juegue a ser alguien.
¿o ya es de día y yo no lo sé?
¡No lo veo, soy ciego a él.!
No llego a distinguir las tinieblas de mi mente de las luces fugitivas del futuro.
¿es que cerní sobre mis sienes, sin saberlo, el casco de hades,
para no ser vista, para no ser feliz,
¡para que nada pase!
Ni tú, noche.