Las falsas llanuras son interrumpidas por suspiros sordos de medianoche, mientras que los rojos recuerdos se impregnan de la saliva que escapa de mi boca temblorosa, mientras que la misma vibración le indica el camino descendente a seguir, y mientras cautivo mi noche con tus caderas imaginarias revoloteando sobre el mutismo incierto de las doce campanadas invisibles. Cautivante, preciso, sólido, caliente. Mareo, o intento hacerlo, al flagelo indudable de mi masculinidad, lo fulmino a embestidas, y éste en lugar de amilanarse, consigue fortalecerse debajo del cielo de algodón con que lo cubro, y es arrastrado a cuanto lugar sea posible debajo de él, consiguiendo que la misma asta roce con las hebras mismas de aquél firmamento de tela natural. Su roce puede preciarse como dolor, pero no lo es. La fricción pica por dentro, como si hormigas transparentes me lamieran la vejiga. En mi mente, se impregna las memorias tuyas, diosa inolvidable. Por más que pasan los días, no desapareces. Para ti, mujer, en lugar de flores y claveles, son miles de jadeos, que a modo de rendición de culto, recibes. Y sustentar tu imagen depende de, precisamente, repetir, con impulso casi obsesivo, el amague de los que, en la soledad, precisan sólo una mano para hacerse acompañados de quien desean. Soy uno de ellos, como todos alguna vez lo son, pero lo soy ahora. Me fisgoneo, me sumerjo y me tanteo, me proveo de lo que tú no puedes hacer por mí en este momento. Debajo, la tierra blanda que se fabricara desde tiempos remotos para atajar el cuerpo al soñar, ahora presume en respaldar sólo mi humanidad en, según muchos, insana labor. Peco, gozo, deseo. Me place serme sincero, y ser sincero contigo, con la misma cuyo fantasma trapaza a trote sensual mi obelisco cárnico y sanguinolento. La que dentro de mi mente me ama. La que supone con sus labios vaginales los dedos de la realidad nocturna. La que reencarna en la brisa y sopla mis poros descubiertos. La que recibe mis arremetidas onanistas. La citada recibidora de mi versión de amor, de mi praxis solitaria, de mi carne que se estremece, del cuero que se templa y tiembla, de la piel que se abre, del alma que se me escapa como si un cuajo lácteo fuera, para llenar las laderas infinitas, que con las sábanas hice en mi soledad para que cabalgaras en ellas.
jueves, 6 de enero de 2011
Caverna (Colección Tristeza Eréctil / Mi autoría)
Crece mi asta sanguilomenta y petrea
al ritmo de tus fauses tiritantes
Su marea interna se agita
tu lengua la perturba
Entonces es mi falo el ariete
que derrumba tu portal de hermosos dientes
Y entra, navega y se tiempla
Circula y fluctua, adentro y afuera
Sorbes con tus aires ventrales
aspirando mi alma de hombre
mojando mi poste de carne
Es tu boca una selecta caverna
viva y caliente, movil y suculenta
con aguas hirvientes y con una residente inquieta
Arpiras mi vida entre mis piernas
remueves las hormigas que mi vientre asedian
rompes el aliento que un día existiera
Los minutos se extienden y el placer incrementa
Mis manos te buscan y no te encuentran
Tus labios aun juegan con mi totem de venas
como dos danzarinas sobre una barra grotesca
Y cuando la friccion cautiva la savia interna
mi acuosa materia escapa como dura niebla
para mojar tu cuerpo de glorioso néctar
al ritmo de tus fauses tiritantes
Su marea interna se agita
tu lengua la perturba
Entonces es mi falo el ariete
que derrumba tu portal de hermosos dientes
Y entra, navega y se tiempla
Circula y fluctua, adentro y afuera
Sorbes con tus aires ventrales
aspirando mi alma de hombre
mojando mi poste de carne
Es tu boca una selecta caverna
viva y caliente, movil y suculenta
con aguas hirvientes y con una residente inquieta
Arpiras mi vida entre mis piernas
remueves las hormigas que mi vientre asedian
rompes el aliento que un día existiera
Los minutos se extienden y el placer incrementa
Mis manos te buscan y no te encuentran
Tus labios aun juegan con mi totem de venas
como dos danzarinas sobre una barra grotesca
Y cuando la friccion cautiva la savia interna
mi acuosa materia escapa como dura niebla
para mojar tu cuerpo de glorioso néctar
Dejemos
Dejemos que los dedos sean nuestros ojos, que hilvanen las palabras, estrellas dantescas, voces divinas, que sobre el papel descansen hasta que tus labios las lean.
Dejemos que sean nuestras manos quienes dancen juntas, dejemos que exploren senderos cárnicos y recorran, deslizándose, la humedad que supone la piel en celo.
Dejemos que sean nuestros ojos los faroles del destino, que lleven nuestra alma fuera y pueda volar sin tantear falsas rutas y llegar sin fallo al ser amado.
Dejemos que sea nuestra piel la que muerda el calor y se alimente de él, dejemos que juegue a cocinar los vientres y regar de placer hasta donde las sombras mueren.
Dejemos que sea el pasado quien hable, que nos calle, que nos duerma las penas y despierte las pasiones. Dejemos que sea el pasado el mástil de tu nao.
Dejemos que sean estas estrellas mojadas, estas aguas celestes, dejemos que sean las sábanas, dejemos que sea nuestro cariño, los que guíen nuestro presente, por siempre.
--
Yeiko
Tu Nombre
Es la figura que dibujo cada noche
cuando uno con líneas las estrellas,
es el nombre que el sol tiene cada mañana,
es lo que mi boca musita
cuando me escucha mi almohada,
es una letanía constante,
es un poema en sí,
son las letras de mi glosario,
cada sílaba: un latido mío,
es lo que quiero tatuarme en la boca
para no sacarte de mis labios,
es un pasadizo a tu voz,
es el sonido de nuestros encuentros,
es el nombre que me grita el silecio,
es la palabra que siempre pronuncio
justo después de suspirar
Aún estaban ahí
Mutilé mi sueño con café cuando aún la noche se llamaba ayer, y acerqué el borde plateado de mi taza de campaña a mi boca muda y palpitante, cuyos labios se entreabrían queriendo surtirse, más que de aquella infusión vasodilatadora, de una tranquilidad que, hasta justo ahora, no sabía que no llegaría.
La calle nocturna, el pensamiento distante, las aceras grumosas, las luces enceguecidas, los árboles de negras hojas, y las personas pintadas en el papel tapiz del contexto infinito como estrellas opacas que pasan, distantes y desorientadas, sin ser advertidas.
Mi noche me atajó entre risas y besos tenues, entre mordiscos deliciosos de una cena compartida, de relatos del día a día, de pensamientos hechos palabras en el oído ajeno, y un sin fin de voces mutuas que acariciaban el ego y la dulce vanidad de saberse acompañado. Todo lucía perfecto justo cuando el sol se apaga debajo de la tierra y el azul se endurece y congela hasta degradarse al negro más intenso. Acompañada, despedida, y asegurada; mi chica se despide con un te quiero tan largo como su propio amor, y yo me alejo convencido de que la neonata noche aguardaba para mi sólo bienaventuranzas. Nada más falso.
Pero las horas me han atrapado ahora, me tienen contra la pared, me aíslan en este dormitorio que he decidido usar como mi refugio, que desnudo habito para no asarme vivo del intenso calor de la soledad, cuyas paredes atajan mis suspiros sordos y escucha el musitar de mis lamentos, y mis manos acarician el teclado como si se tratara de lágrimas ilusorias que resbalaran en el lado más endeble de mi carácter, todo por querer hablar con alguien, o algo, aunque sus oídos solo sean hojas de papel informático.
Sus puñales me pusieron en desventaja salvaje, sus avaricias me despojaban de mis valores materiales, sus jalones en la penumbra solitaria me colocaron indefenso ante las envestidas verbales y ante la agresión inusitada de sus cromados filos, tan cerca que sentí incluso como una de sus lenguas de metal lamía hambrientamente mis costillas. Mi cuerpo tembló por no querer alojar dentro de sí esa asta maldita, mi carne es apenas algodón frente a la tentativa de esas armas, y mi cobardía es aún más intensa que mis ganas de cerrar los ojos, volver abrirlos y descubrir, parafraseando a Monterroso, que los atracadores aún estaban ahí.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Noche ( Colección Suspiros Instantáneos)
Hoy la luna mordio invisible mis ojos y me los escupio, me atajo en su
sombra, me redujo y me traiciono. Yo creia en su frio suave, en su
boca estrellada, en su aliento nebuloso. Pero hoy, me arrancas la
conciencia, me transformas en animal, me derrotas y me manchas de ira.
De saberme acorralado, de morir sin haber muerto, de ser ejecutado sin
apenas lanzar mis ultimos deseos como un grito de clamor dolido. Hoy
me estrellas tu estratos sadicos contra mi cabeza, me quitas los
sueños, me atacas a mansalba, y me arrebatas todo por cuanto he
dormido, amado y soñado. Me quitas el pan, la carne y la vida. Me
quitas la sal, la miel y la bebida. Me quitas esa maldita sensacion
etilica de que por una sucia vez en la vida estoy haciendo lo
correcto; y me tiras a una cama a dieciséis mil pies por debajo de la
mujer que amo. No es justo, yo no he levantado injuria alguna sobre ti
y tus vuelcos intensos y groseros, ni mido con mi vara torcida tu
injusticia, ni canto ningun requiem a la muerte de la poca amistad que
quedaba entre tu, noche hija de puta, y este malnacido. Ahora, le
soplas miedo en su alma y ella anuda la soga que exprime mi garganta
muda...
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Nunca Suicida
¿Qué piensas hacer con esa arma? Haz el favor de bajarla.-No quiero, no me da la regalada gana.-¿Qué dices, hijo; no vez que te vas a matar?-¿Y qué crees que planeo hacer, mamá? Matarme.-¿Qué cosas dices, mijo, no ves que me haces sufrir?-¿Y, qué hay con eso?-¿Cómo, es que no te importo?-Sí planeo suicidarme es porque no me importas tú, ni nadie, mamá. Ya estoy harto de todo y de todos. Me destroza la humanidad que todos me digan lo que tengo que hacer. Así que ahora soy yo el que decide qué hacer, y lo que deseo hacer es quitarme la vida.-Pero, Carlos Alfredo, ¿qué cosas dices?, dame acá el arma, te lo ordeno.-¡Atrás!-Carlos ba... baja el arma, por el amor de Dios.-¡Atrás, atrás!-Carlos, dame la maldita pistola de una buena vez.-¡Ah, si! ¿Y qué te parece esto?-¿Carlos, qué haces?, dame la mald....-¡Atrás, coño!, atrás o me meto un tiro. ¿Crees que no has mandado lo suficiente en mi vida, ahora quieres mandar sobre mi muerte?-¿Qué muerte, muchacho loco?-La que nos sigue. ¿No la ves? Esta en todos lados, nos persigue.-Por Dios hijo, no digas esas cosas...-¡Siéntate!-Carlos, no me hables así que yo soy tu mad...-¡Siéntate, por un demonio!... eso, quédate así, contemplando como tu hijo se va de tu falta de madre sobreproctetora.-¡Hijo!, no... No lo hagas.-¡Ah, si! ¿Y qué planeas hacer, golpearme con la correa del los lunes, atarme al árbol de los fines de semana?-Era por tu bien, hijo. Era por tu....-O no, mejor aun, los reglazos en la espalda de las tablas de multiplicar.-Pero aprendiste, hijo.-Claro que aprendí A temerte. Las tablas siempre estarán, y yo ya no soy un niño. Las tablas no crecen.-Si, papi. Pero, baja el arma, eso...eso...-¡Ahora soy papi! ¿No querrás decir “maldito pegoste” o “inepto”, o “tarado”, o “bastardo”? Ahora si soy, “papi, mi amor, querido, tesoro”.-No digas eso, sabes que yo te quiero.-¿Querer? ¿Tú a mí? No creo. Eso no es querer. Tú no quieres a nadie. Tú eres la que me está matando ahora. Tú no me mereces, ni a mí, ni nada.-Hijo, no llores, ven a mí.-No estoy llorando, estas lágrimas son de odio.-Ya lo sé, hijo, lo sé, me odias, lo sé. Ven.-Déjame, mamá. Vete. No quiero que me veas llorando.-Llora eso, llora y desahógate.-Claro “llora”, como no eres tu la que está pasando pena.-Vamos, hijo, llora. Llora, Carlos Alfredo.-No, deja, mamá, no me abrases, suelta. Bueno... sólo un rato.-¿Ves? Como antes ¿recuerdas?-¡Snif!... suelta... ¡snif!... tu siempre, mamá.-Eso, abrásame muy bien, bebé.-Mamá, mami.-Si, hijo, ¿qué quieres?, dime lo que quieras.-Perdóname, mamá... ¡snif!... perdón.-No, cielo, no tengo nada que perdonarte.-¡Snif!, ¡snif!, si, mamá, si, perdóname.-Pero, ¿por qué, qué tengo yo que perdonarte? -Por haber cambiado de opinión... ¡toma!
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